Una identidad para aprender en directo

Una identidad para aprender en directo

Una identidad para aprender en directo

Hay marcas que se diseñan desde una pizarra. Y otras que se diseñan desde un recuerdo.
Jenna Shaw portrait image
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Yo esta la empecé, sin saberlo, el día que me saqué el carnet. Me acuerdo de esa mezcla rarísima entre sentirte adulta y sentirte un flan: manos sudadas en el volante, el retrovisor como si fuese una lente de aumento de tus inseguridades, y tú repitiéndote mentalmente: “intermitente, embrague, espejo… respira”. Si a eso le sumas el clásico comentario del profe —ese que parece duro pero en el fondo te está salvando la vida—, tienes el cóctel perfecto.

Y luego están “las escenas de autoescuela” que son patrimonio cultural: el motor calado en el peor momento posible, el peatón que aparece como si saliera de un portal dimensional, y ese instante en el que te preguntas si el coche tiene un imán para bordillos. Yo tuve una época en la que cada giro cerrado era una negociación diplomática con el bordillo. Y no sé qué me daba más miedo: el suspenso o que mi profesor hiciera ese silencio largo… el silencio que lo dice todo.

Con ese contexto emocional (y real) en la cabeza, entenderás por qué cuando llegó Autoescuela Almagro el foco no fue “hacer una identidad moderna”, sino diseñar una marca que acompañase, (puedes ver el caso en nuestra web aquí).​

Porque aprender a conducir no es solo aprobar un examen. Es gestionar nervios, construir confianza y sentir que, aunque te equivoques, hay alguien ahí.

El punto de partida: digital, pero con personas dentro

Almagro tenía un reto muy concreto: modernizar su presencia digital para conectar con un público joven y adaptarse a un entorno cada vez más online. Pero además, su propuesta tenía un matiz diferencial: las clases eran en directo (“on-live”). Eso no es un detalle técnico; es una postura.

En el mundo digital, “en directo” significa: no estás sola. Significa que puedes preguntar. Significa que hay una cara al otro lado. Y esa idea —la presencia— tenía que respirarse en la identidad.

La tensión: no parecer “una app más”

Hoy lo digital es fácil de imitar. Pones un degradado, una tipografía moderna, cuatro iconos y listo. Pero si haces eso, compites por estética, no por significado. Aquí la tensión era otra: sonar actual sin sonar genérico; ser cercano sin ser infantil; ser dinámico sin perder credibilidad. Y, sobre todo, que la marca no te gritara “¡cómprame!”, sino “vente, que te acompaño”.

La idea rectora: aprender en directo

Esta fue la frase que nos ordenó el proyecto: una identidad para aprender en directo. No “clases online”. No “teórico por tu cuenta”. En directo. Con presencia. Con ritmo. Con respuesta.

Si lo piensas, es muy parecido a lo que pasa en el coche cuando estás aprendiendo: tú miras la carretera y alguien te ayuda a mirar todo lo que no estás viendo aún. La identidad tenía que hacer eso mismo: guiarte sin agobiarte.

Decisiones de diseño contadas como experiencia

En vez de enumerar piezas, prefiero contarte las decisiones como momentos del aprendizaje (como si la marca fuera ese profesor que te dice “tranquila, aquí sí”):

  • Del caos a la claridad. Cuando estás aprendiendo, lo que te mata no es la dificultad: es el ruido. Por eso una identidad así tenía que ser clara, legible, con jerarquía y con un sistema que funcionara siempre, incluso cuando el usuario va con prisa.

  • Del miedo al movimiento. Hay que transmitir dinamismo (porque conducir es movimiento), pero sin ansiedad. Un lenguaje visual con energía, sí, pero controlada: que te empuje sin empujarte.

  • De “me lo sé” a “lo entiendo”. La marca debía ayudar a comprender, no solo a memorizar. Por eso el concepto visual se apoya en señales, rutas y guiños al universo de la conducción: no como decoración, sino como metáfora práctica del aprendizaje.

La parte que más me gusta: cuando el diseño baja a tierra

Hay un momento en cualquier proyecto donde todo se vuelve verdad: cuando lo ves aplicado y te preguntas “¿esto le sirve a alguien o solo queda bonito?”. En una autoescuela, ese “alguien” es una persona nerviosa con el móvil en la mano, buscando:

  • Cómo apuntarse.

  • Qué curso le conviene.

  • Cuándo empieza.

  • Si alguien le va a responder.

Si el diseño no reduce dudas, no acompaña. Y si no acompaña, no está alineado con el “en directo”.

Lo que me llevo (como diseñadora y como ex-alumna)

Después de este proyecto me quedé con una idea muy simple: una marca educativa no debería sonar a examen, debería sonar a progreso.

Y sí, me acordé de esa rotonda eterna, pensando que jamás entendería quién tenía prioridad. Ojalá entonces hubiera tenido una experiencia más “en directo” en lo digital: menos PDFs perdidos, menos “búscate la vida”, más sensación de que había un camino. Esta identidad, para mí, va justo de eso: de convertir el aprendizaje en una ruta clara. Con señales. Con ritmo. Y con alguien al otro lado.


Yo esta la empecé, sin saberlo, el día que me saqué el carnet. Me acuerdo de esa mezcla rarísima entre sentirte adulta y sentirte un flan: manos sudadas en el volante, el retrovisor como si fuese una lente de aumento de tus inseguridades, y tú repitiéndote mentalmente: “intermitente, embrague, espejo… respira”. Si a eso le sumas el clásico comentario del profe —ese que parece duro pero en el fondo te está salvando la vida—, tienes el cóctel perfecto.

Y luego están “las escenas de autoescuela” que son patrimonio cultural: el motor calado en el peor momento posible, el peatón que aparece como si saliera de un portal dimensional, y ese instante en el que te preguntas si el coche tiene un imán para bordillos. Yo tuve una época en la que cada giro cerrado era una negociación diplomática con el bordillo. Y no sé qué me daba más miedo: el suspenso o que mi profesor hiciera ese silencio largo… el silencio que lo dice todo.

Con ese contexto emocional (y real) en la cabeza, entenderás por qué cuando llegó Autoescuela Almagro el foco no fue “hacer una identidad moderna”, sino diseñar una marca que acompañase, (puedes ver el caso en nuestra web aquí).​

Porque aprender a conducir no es solo aprobar un examen. Es gestionar nervios, construir confianza y sentir que, aunque te equivoques, hay alguien ahí.

El punto de partida: digital, pero con personas dentro

Almagro tenía un reto muy concreto: modernizar su presencia digital para conectar con un público joven y adaptarse a un entorno cada vez más online. Pero además, su propuesta tenía un matiz diferencial: las clases eran en directo (“on-live”). Eso no es un detalle técnico; es una postura.

En el mundo digital, “en directo” significa: no estás sola. Significa que puedes preguntar. Significa que hay una cara al otro lado. Y esa idea —la presencia— tenía que respirarse en la identidad.

La tensión: no parecer “una app más”

Hoy lo digital es fácil de imitar. Pones un degradado, una tipografía moderna, cuatro iconos y listo. Pero si haces eso, compites por estética, no por significado. Aquí la tensión era otra: sonar actual sin sonar genérico; ser cercano sin ser infantil; ser dinámico sin perder credibilidad. Y, sobre todo, que la marca no te gritara “¡cómprame!”, sino “vente, que te acompaño”.

La idea rectora: aprender en directo

Esta fue la frase que nos ordenó el proyecto: una identidad para aprender en directo. No “clases online”. No “teórico por tu cuenta”. En directo. Con presencia. Con ritmo. Con respuesta.

Si lo piensas, es muy parecido a lo que pasa en el coche cuando estás aprendiendo: tú miras la carretera y alguien te ayuda a mirar todo lo que no estás viendo aún. La identidad tenía que hacer eso mismo: guiarte sin agobiarte.

Decisiones de diseño contadas como experiencia

En vez de enumerar piezas, prefiero contarte las decisiones como momentos del aprendizaje (como si la marca fuera ese profesor que te dice “tranquila, aquí sí”):

  • Del caos a la claridad. Cuando estás aprendiendo, lo que te mata no es la dificultad: es el ruido. Por eso una identidad así tenía que ser clara, legible, con jerarquía y con un sistema que funcionara siempre, incluso cuando el usuario va con prisa.

  • Del miedo al movimiento. Hay que transmitir dinamismo (porque conducir es movimiento), pero sin ansiedad. Un lenguaje visual con energía, sí, pero controlada: que te empuje sin empujarte.

  • De “me lo sé” a “lo entiendo”. La marca debía ayudar a comprender, no solo a memorizar. Por eso el concepto visual se apoya en señales, rutas y guiños al universo de la conducción: no como decoración, sino como metáfora práctica del aprendizaje.

La parte que más me gusta: cuando el diseño baja a tierra

Hay un momento en cualquier proyecto donde todo se vuelve verdad: cuando lo ves aplicado y te preguntas “¿esto le sirve a alguien o solo queda bonito?”. En una autoescuela, ese “alguien” es una persona nerviosa con el móvil en la mano, buscando:

  • Cómo apuntarse.

  • Qué curso le conviene.

  • Cuándo empieza.

  • Si alguien le va a responder.

Si el diseño no reduce dudas, no acompaña. Y si no acompaña, no está alineado con el “en directo”.

Lo que me llevo (como diseñadora y como ex-alumna)

Después de este proyecto me quedé con una idea muy simple: una marca educativa no debería sonar a examen, debería sonar a progreso.

Y sí, me acordé de esa rotonda eterna, pensando que jamás entendería quién tenía prioridad. Ojalá entonces hubiera tenido una experiencia más “en directo” en lo digital: menos PDFs perdidos, menos “búscate la vida”, más sensación de que había un camino. Esta identidad, para mí, va justo de eso: de convertir el aprendizaje en una ruta clara. Con señales. Con ritmo. Y con alguien al otro lado.


Yo esta la empecé, sin saberlo, el día que me saqué el carnet. Me acuerdo de esa mezcla rarísima entre sentirte adulta y sentirte un flan: manos sudadas en el volante, el retrovisor como si fuese una lente de aumento de tus inseguridades, y tú repitiéndote mentalmente: “intermitente, embrague, espejo… respira”. Si a eso le sumas el clásico comentario del profe —ese que parece duro pero en el fondo te está salvando la vida—, tienes el cóctel perfecto.

Y luego están “las escenas de autoescuela” que son patrimonio cultural: el motor calado en el peor momento posible, el peatón que aparece como si saliera de un portal dimensional, y ese instante en el que te preguntas si el coche tiene un imán para bordillos. Yo tuve una época en la que cada giro cerrado era una negociación diplomática con el bordillo. Y no sé qué me daba más miedo: el suspenso o que mi profesor hiciera ese silencio largo… el silencio que lo dice todo.

Con ese contexto emocional (y real) en la cabeza, entenderás por qué cuando llegó Autoescuela Almagro el foco no fue “hacer una identidad moderna”, sino diseñar una marca que acompañase, (puedes ver el caso en nuestra web aquí).​

Porque aprender a conducir no es solo aprobar un examen. Es gestionar nervios, construir confianza y sentir que, aunque te equivoques, hay alguien ahí.

El punto de partida: digital, pero con personas dentro

Almagro tenía un reto muy concreto: modernizar su presencia digital para conectar con un público joven y adaptarse a un entorno cada vez más online. Pero además, su propuesta tenía un matiz diferencial: las clases eran en directo (“on-live”). Eso no es un detalle técnico; es una postura.

En el mundo digital, “en directo” significa: no estás sola. Significa que puedes preguntar. Significa que hay una cara al otro lado. Y esa idea —la presencia— tenía que respirarse en la identidad.

La tensión: no parecer “una app más”

Hoy lo digital es fácil de imitar. Pones un degradado, una tipografía moderna, cuatro iconos y listo. Pero si haces eso, compites por estética, no por significado. Aquí la tensión era otra: sonar actual sin sonar genérico; ser cercano sin ser infantil; ser dinámico sin perder credibilidad. Y, sobre todo, que la marca no te gritara “¡cómprame!”, sino “vente, que te acompaño”.

La idea rectora: aprender en directo

Esta fue la frase que nos ordenó el proyecto: una identidad para aprender en directo. No “clases online”. No “teórico por tu cuenta”. En directo. Con presencia. Con ritmo. Con respuesta.

Si lo piensas, es muy parecido a lo que pasa en el coche cuando estás aprendiendo: tú miras la carretera y alguien te ayuda a mirar todo lo que no estás viendo aún. La identidad tenía que hacer eso mismo: guiarte sin agobiarte.

Decisiones de diseño contadas como experiencia

En vez de enumerar piezas, prefiero contarte las decisiones como momentos del aprendizaje (como si la marca fuera ese profesor que te dice “tranquila, aquí sí”):

  • Del caos a la claridad. Cuando estás aprendiendo, lo que te mata no es la dificultad: es el ruido. Por eso una identidad así tenía que ser clara, legible, con jerarquía y con un sistema que funcionara siempre, incluso cuando el usuario va con prisa.

  • Del miedo al movimiento. Hay que transmitir dinamismo (porque conducir es movimiento), pero sin ansiedad. Un lenguaje visual con energía, sí, pero controlada: que te empuje sin empujarte.

  • De “me lo sé” a “lo entiendo”. La marca debía ayudar a comprender, no solo a memorizar. Por eso el concepto visual se apoya en señales, rutas y guiños al universo de la conducción: no como decoración, sino como metáfora práctica del aprendizaje.

La parte que más me gusta: cuando el diseño baja a tierra

Hay un momento en cualquier proyecto donde todo se vuelve verdad: cuando lo ves aplicado y te preguntas “¿esto le sirve a alguien o solo queda bonito?”. En una autoescuela, ese “alguien” es una persona nerviosa con el móvil en la mano, buscando:

  • Cómo apuntarse.

  • Qué curso le conviene.

  • Cuándo empieza.

  • Si alguien le va a responder.

Si el diseño no reduce dudas, no acompaña. Y si no acompaña, no está alineado con el “en directo”.

Lo que me llevo (como diseñadora y como ex-alumna)

Después de este proyecto me quedé con una idea muy simple: una marca educativa no debería sonar a examen, debería sonar a progreso.

Y sí, me acordé de esa rotonda eterna, pensando que jamás entendería quién tenía prioridad. Ojalá entonces hubiera tenido una experiencia más “en directo” en lo digital: menos PDFs perdidos, menos “búscate la vida”, más sensación de que había un camino. Esta identidad, para mí, va justo de eso: de convertir el aprendizaje en una ruta clara. Con señales. Con ritmo. Y con alguien al otro lado.

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